La faja de Kim Kardashian

Sara Blakely es la mujer que inventó Spanx, la faja reductora que tiene encantadas a las famosas y prácticamente a cualquier mujer que vive en el mundo de hoy, a juzgar por sus impresionantes cifras de ventas (en marzo de 2012 apareció en la portada de la revista Forbes por ser la multimillonaria más joven hecha a sí misma en toda la Historia). Pero tampoco nos dejemos llevar por el entusiasmo: todavía hay quien no entiende esta obsesión por comprimir lo que sobra y por los productos que prometen “reducir los muslos”, “contener la tripita” y “adelgazar en plan molón”.

Nelson Mandela no lo entendía, por ejemplo. Eso es lo que afirma Blakely cuando le pregunto cuál ha sido hasta la fecha su experiencia más surrealista con Spanx: “Diría que fue almorzando con Nelson Mandela y su mujer, Graça Machel, en Mozambique, tratando de explicarle lo que es Spanx. Él se esforzaba por imaginárselo cuando Graça, en broma, le dio un empujón en el hombro y le dijo: ‘¡Eh, cariño, la cosa va del trasero y nosotras, las africanas, lo necesitamos!’. La verdad es que estuvo fenomenal”.

Blakely suelta una carcajada, pero es que ella es de mucho reírse. Ni siquiera le importan las historias de horror sobre Spanx que pululan por Internet, que hablan de alguien que no ha podido quitarse la prenda a tiempo y se ha hecho pis encima o de pretendientes perplejos que no son capaces de rematar lo que están tratando de conseguir. “La que a mí más me gusta es la de una mujer de Seattle que tenía como ochenta y tantos años y que llevaba nuestro Bod-A-Bing! Pant y no se lo podía quitar. Entonces llamó al 911 y, cuando llegaron y se dispusieron a cortarlo para quitárselo, los apartó a manotazos y les dijo: ‘¡Ni se atrevan a cortarlo! ¡Me lo quiero volver a poner más veces!'”, recuerda Sara Blakely quien se ha revelado como un verdadero genio de las relaciones públicas y del desarrollo de marcas comerciales .

EMBUCHADAS. Hemos quedado en un estudio de fotografía en Nueva York. Tiene 41 años, pelo rubio, bien cuidado y bonito, y unos dientes súper blancos. Lleva puestos unos vaqueros y debajo, sus mallas Tight-End Tights de cintura baja y hasta el tobillo. Usa una talla 38 que, según ella, es lo más gorda que ha estado en toda su vida: “Usaba una 34 cuando inventé el Spanx”, asegura.

Le confieso que hace una hora que he perdido mi virginidad con Spanx. Me probé primero las Power Panties pero, por mucho que me peleé y tiré de ellas, no hubo forma de subírmelas por encima de las rodillas. Fue como tratar de embutir kilo y medio de picadillo de salchicha en un envoltorio de medio kilo. El caso es que me decidí por las Tight-End Tights de talle alto, que van desde la punta del pie hasta debajo del busto y prometen “una cintura minimizada y una silueta uniforme”, aunque, ¿sinceramente, Sara?, me siento como si estuviera atrapada en una especie de calcetín gigantesco y, por lo que se refiere a mis protuberancias femeninas, están tan divorciadas de cualquier sensación que perfectamente me las podría haber dejado en casa.

Me tranquiliza: “Ya verás cómo en seguida te olvidas de que las llevas puestas. Es eso en lo que hemos trabajado a fondo hasta que lo hemos conseguido; la forma en que la prenda se adapta y la manera en que se comporta sobre tu cuerpo es a lo que dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo. Hemos eliminado de la cintura la cantidad de goma que ha estado ahí durante años y que no era necesaria”. Con anterioridad, dice, la corsetería y la ropa interior habían sido diseñadas por hombres “que no las llevaban puestas todo el día, así pues, ¿dónde estaba la motivación para hacer que sentaran mejor?”. Entonces, ¿recuperaré mis protuberancias femeninas? Me promete que así será.

Nos sentamos. El aspecto de Blakely es de una lozanía extraordinaria, pero asegura que está bastante agotada. Su hijo, Lazer, acaba de pasar de cuna a cama, “así que no hay nada que le impida echarse al suelo y venir corriendo a nuestra habitación a las cuatro de la madrugada gritando: ‘¡Mami, papi, me he levantado!'”. Ella todavía tiene que quitarse de encima el peso post parto y tranquilamente me enseña su michelín.

Todo empezó en 1998, cuando se compró un par de pantalones blancos de 98 dólares para ir a una fiesta, pero no pudo encontrar unas bragas adecuadas que ponerse debajo. O se le notaban o le estropeaban la esbelta figura que ella andaba buscando. “¡Lo único que quería era que no se me notaran las bragas!”, recuerda. En aquel momento, era vendedora de aparatos de fax a domicilio. “Empecé a venderlos en 1993, cuando una de las grandes pegas que me ponían los clientes potenciales era que, si nadie más tenía un aparato de aquellos, ¿a quién iban a enviar un fax? Y entonces yo les respondía: ‘¡Es que también voy a venderles uno! ¡Usted no tiene más que darme otros nombres!'”. Por las noches, representaba monólogos de humor. “Encuentro un punto de humor en casi todas las cosas -responde-. En cierto modo vivo mi vida como si yo estuviera fuera de mí misma, a un lado, observándola con una actitud alegre, y, en mi opinión, la gente es interesante y graciosa, y eso es algo que yo he trasladado al marketing. Hasta ahora, la corsetería era bastante aburrida”, argumenta.

“¿Puede ponerme un ejemplo de su estilo de hacer comedia?”, interrumpo. “Yo era muy plana de pecho -cuenta-, así que una forma de desarmar a los espectadores nada más empezar era que salía allí con un trajecito monísimo y decía: ‘A ver, ¿cuántos de vosotros, los chicos, queréis poner vuestras manos en éstas?’, señalándome el pecho, y entonces, cuando todos me silbaban, yo me quitaba los postizos, se los tiraba y les decía: ‘¡Vale, ahí os quiero ver!'”. Le pregunto, educadamente, si tenía éxito. “Siempre me invitaban a repetir”, responde.

Bien, los pantalones blancos. Al final, se le ocurrió una solución, y fue cortar los pies a un par de medias control-top para lograr un aspecto uniforme sin costuras y sin que las medias asomaran por las sandalias. Sin embargo, la idea no era la ideal: “Las medias se me enrollaban hacia arriba de las piernas durante toda la noche. Recuerdo que pensé: ‘Tengo que encontrar la manera de hacer esto'”.

Como es evidente, se trata de una persona decidida y motivada, así que se trasladó a Atlanta y, mientras seguía vendiendo aparatos de fax durante el día, se pasó todo el año siguiente investigando tejidos. Buscaba además fábricas de corsetería en las páginas amarillas y empezó a practicar la venta a puerta fría, con el único resultado de que una y otra vez le dijeran “no”. “Un abogado especializado en patentes pensó que yo era de un programa de cámara oculta porque le pareció que la idea era un disparate”, recuerda.

Al final, el dueño de una fábrica de textiles se dejó embaucar (porque sus hijas le convencieron). Registró ella misma la patente sin ayuda de nadie y diseñó el peculiar envase de color rojo cereza en el ordenador de una amiga.

Cabe imaginar lo que sintió cuando las primeras Spanx salieron de fábrica. “Tardamos un año hasta conseguir que fueran exactamente como tenían que ser -explica-. O ponían demasiada compresión en el tejido o la prenda llegaba demasiado abajo de la pierna. Yo no paraba de ir y volver a la fábrica y, cuando por fin tuve en mis manos el prototipo, que sentaba a la perfección y era exactamente como yo quería, me puse a bailar por todo mi apartamento vestida con mis pantalones blancos y luego me senté en el suelo y empecé a llorar”, narra

A fecha de hoy, de ese primer producto, el Original Footless Body-Shaping Pantyhose, se han vendidola friolera de 10 millones de unidades.

Quizá en algún momento le han entrado ganas de pasar por delante de los propietarios de las fábricas que le dieron la espalda conduciendo un Aston Martin, luciendo unos diamantes, tocando la bocina, bebiendo champán y soltando carcajadas a todo pulmón. “No, pero tengo algo así como la esperanza de que hayan visto Forbes”, desliza risueña. “¿Y esos pantalones blancos? ¿Les tiene un cariño especial?”, pregunto. “Y tanto, los tengo enmarcados en la sede social de Spanx en Atlanta”, dice.

Puso en marcha la empresa con apenas 5.000 dólares de sus ahorros y nunca ha gastado un céntimo en publicidad. Ella es la publicidad. Ella es Spanx, que es la razón por la que ese nombre comercial va siempre por delante marcando el camino. Su primer pedido, de los grandes almacenes Neiman Marcus, llegó cuando la responsable de compras del departamento de corsetería le concedió una reunión de 10 minutos en Dallas. “Me la llevé al baño y le hice mi particular demostración de antes y después y aquella mujer me dijo: ‘Capto la idea. Es brillante. La quiero en siete tiendas'”, recuerda Blakely.

Me cuenta que su abuela es una ferviente partidaria del Original Footless Body-Shaping Pantyhose. “Me llama y me dice: ‘Sara, todas mis amigas se dan cuenta ahora de que no hay que ponerse medias con zapatos abiertos por el talón’, y yo le digo: ‘Tienes 90 años. Déjalo estar. No pasa nada'”, comenta. A los 90, ¿no nos podemos permitir que nos cuelgue todo? Así que le interrogo sobre si le preocupa envejecer. “¿Sabes? Les dije a unos amigos míos el otro día: ‘Chicos, vamos a ver la mejor versión de nuestra edad’. Si puedo mirarme al espejo y decir: ‘¡Tienes una pinta estupenda para tener 41 años!’, y si puedo compararme con otras de 41 años y me siento como si todavía estuviera en el candelero, en eso es en lo que quiero centrarme. Yo no quiero tener 41 años y matarme por aparentar 35. Me da la impresión de que esa es la receta para sentirse muy desgraciada”, afirma. A bocajarro, le pregunto si se ha hecho algo. “¿Botox?”. “Lo he probado un par de veces y he tenido una experiencia buena y otra mala. Con la mala pensé que me parecía a Blas, el de Epi y Blas. Las cejas se me vinieron abajo y se convirtieron en una sola”, y vuelve a reírse a carcajadas.

Tras la acción de Neiman Marcus, su triunfo más resonante y probablemente el más astuto en el campo del marketing se produjo en 2000, cuando envió muestras a la estilista de Oprah, y aquello dio como resultado que la presentadora eligiera Spanx como su producto favorito del año.

“¿En qué momento miró las cifras de ventas y pensó ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué es lo que está pasando?”, pregunto. “Fue cuando creé mi segundo producto, Power Panties, y lo saqué en QVC [sistema de teletienda] y se vendieron, creo, 10.000 pares en seis minutos. Cuando dejé de aparecer en antena, una vocecita me decía: ‘No eres un bombazo de un solo éxito. Eres una empresa'”. Spanx vende en la actualidad 200 referencias (bragas, sujetadores, trajes de baño, camisetas) en 40 países, entre ellos, Corea, “donde, para conseguirlos, las mujeres hacen colas que dan la vuelta a la manzana”, afirma.

La empresa ha lanzado también una colección para hombre a raíz de que Blakely cayera en la cuenta de por qué los representantes y estilistas de Hollywood hacían pedidos de tallas extra-grandes. La gama incluye una camiseta de compresión que reafirma el pecho y estrecha la cintura y que Blakely prueba en supropio marido: “Tarda unas tres horas en ponérsela, pero vale la pena. Le digo que tiene un aspecto encantador, algo así como un gay perfectamente empaquetado”, comenta.

“¿Hay algún hombre famoso que confiese que se pone Manx?”, indago. “No, aunque yo se quiénes son porque los encargan sus estilistas”, afirma. Las famosas adictas son legión: Kate Winslet, Julia Roberts, Adele, Beyoncé, Emily Blunt, Kim Kardashian, Gwyneth Paltrow… Al parecer, la actriz Octavia Spencer se puso incluso tres productos de Spanx en la última ceremonia de los Oscar. ¡Un triple Spanx!

Le pregunto a Blakely si ya era emprendedora cuando era una cría y me asegura que sí. Nacida y criada en Clearwater, en el estado de Florida, hija de un abogado y de una madre artista, recuerda que “si mi madre me ordenaba que retirara de mi dormitorio todos los trastos viejos, los ponía en un carrito rojo, los marcaba con un precio y me iba de puerta en puerta”.

En un principio, lo que ambicionaba era ser abogada, como su padre, pero suspendió los exámenes. “Soy incapaz de concentrarme durante períodos largos de tiempo, de manera que leer y comprender lo que leo o realizar un examen se me hace muy cuesta arriba”, asegura. Sin embargo, por otra vía eso le generó creatividad. “Lo que resulta interesante es que yo era muy aficionada a sostener polémicas -explica-. Me pasé debatiendo todo el instituto y la enseñanza superior. Fui la primera chica que ganó el campeonato de debates del condado. Eso fue estupendo”. “¿Va andando por la calle y va evaluando cuerpos femeninos y diciéndose: ‘Mejor le iría con mis Booty-Boosting Shorts'”? “Lamentablemente, eso es lo que hago. Estoy preocupada por los culetes. ¿Y sabe una cosa? A mi marido le da también por lo mismo, porque para él es algo así como: ‘¡Pero si lo único que hago es estar pendiente de ti, Sara! ¡Estoy buscando futuras clientes!'”, reconoce. Su marido es Jesse Itzler, un exrapero (blanco y judío, lo que no deja de ser curioso), que dirigía una empresa de aviones privados de pasajeros cuando se conocieron. A Sara le aterra volar. Le dan ataques de pánico. “Me matriculé en un cursillo sobre miedo a volar y la verdad es que nunca asistía a clase porque estaba siempre subida en un avión y mi profesor me decía algo así como que no sabía si tenía que estar enfadado conmigo u orgulloso de mí”, confiesa

“¿Y había oído hablar de Jesse antes de conocerlo?”, curioseo. “Sí, porque yo era cliente suya y mi representante comercial en Atlanta se había pasado todo un año hablándome del dueño y fundador de la compañía y de que estaba convencida de que nos llevaríamos bien. Ella me invitaba una y otra vez a esas fiestas de confraternización con las clientas, pero yo no había asistido nunca a ninguna hasta que me dijo: ‘Te he reservado un asiento en el NetJets Poker Tournament [Campeonato de Póker NetJets], que está muy solicitado, tanto que asistirán Bill Gates y Warren Buffett, y de verdad que es una oportunidad magnífica, ¿querrás venir?’. Así que me fui para allá y allí nos conocimos; y eso que ninguno de nosotros dos juega al póker”, cuenta.

Blakely es la propietaria del 100% de su empresa, que no cotiza en bolsa, que tiene cero deudas y que nunca ha necesitado financiación externa, y es espectacularmente rica. Es dueña de casas en Atlanta, Connecticut y La Jolla, así como en Manhattan.

No me resisto a saber si ser espectacularmente rica es tan maravilloso como todos nos imaginamos que debe de ser. “Es agradable no tener que preocuparse por las cosas básicas, pero tengo la sensación de que el dinero te hace más de lo que ya eres. Te coloca debajo de una lente de aumento. Es decir, si eres una gilipollas, te vuelves aún más gilipollas; si eres insegura, te vuelves aún más insegura; si eres buena gente, te vuelves aun más buena gente y, si eres generosa, te vuelves aún más generosa”. “¿Y a usted que le ha vuelto?”. “Más buena gente y más generosa, espero”, responde.

La empresa está en la actualidad gestionada por un equipo de 125 personas de las que sólo 16 son hombres; además, ha constituido Sara Blakely Foundation para ayudar a mujeres de todo el mundo mediante la educación y el fomento empresarial. Una parte de todas las ventas de Spanx van directamente a la fundación y su dotación suma un total de 13,77 millones de euros.

En la lista de las 100 personas más influyentes de 2012 publicada por Time figura Blakely (por delante de Tim Cook, Ceo de Apple). “¿Tiene pensado dar un paso atrás algún día en la gestión de la empresa?”, le pregunto. Sí, contesta, ahora tiene una familia. Es en eso en lo que está trabajando, aunque hay algo que le gustaría hacer antes de retirarse. “Quiero inventar unos zapatos de tacón de aguja que sean cómodos. Los zapatos están hechos por lo general por personas que no están de pie con ellos puestos durante todo el día y esa es otra fuente de frustraciones; tengo la sensación de que, solo con un poquito más de preocupación y de atención, se podrían añadir funcionalidad y comodidad”. Adelante, chica, la animo. “Gracias”, dice.

¿Por qué celebrities de toda condición han caído rendidas a estas shapers? Porque el refajo de toda la vida es imprescindible bajo los vestidos de alfombra roja. Adele. La diva de pechos generosos y caderas curvilíneas ha encontrado en Spanx una aliada confortable que la hace lucir voluptuosa sobre el escenario. Beyoncé. El mundo entero supo que usaba faja cuando la dejó al descubierto por descuido durante una actuación. Eva Longoria. Habitual de la alfombra roja y habitual de los diseños de Blakely, capaces de perfeccionar incluso un cuerpo escultural. Gwyneth Paltrow. En su última campaña como musa de una fragancia luce un ajustado vestidito negro que perfila unas curvas de infarto. ¿El secreto? Spanx. Julia Roberts. La novia de América va cumpliendo años y ha decidido que su figura, esbelta en otros tiempos, queda mejor embutida en una faja. Kate Winslet. Partidaria de los vestidos blancos ceñidos que ensalzan su silueta de pera, no prescinde de su Spanx en color carne.


Sarah Jessica Parker se mete en política

A Barack Obama le aguarda una campaña mucho más ajustada que la que le condujo hace cuatro años a la Casa Blanca. Esta vez no le acompaña el aura que le hizo célebre y muchos de sus seguidores están decepcionados por su gestión de la crisis económica. Pero el presidente aún tiene un respaldo inequívoco entre los famosos que residen en el Pacífico o en la Costa Este.

Algunos son actores, cineastas o guionistas de series de éxito. Otros son cantantes, iconos de la moda o estrellas de Broadway. Todos respaldan la reelección de Obama con su imagen pública o con su fortuna personal. A nadie le sorprende que los grandes nombres de Hollywood o Broadway estén a favor de un presidente demócrata. Pero sí es llamativa su decisión de participar esta vez en su reelección. Sobre todo teniendo en cuenta la popularidad escuálida de Obama y la explosión del movimiento de los indignados de Wall Street.

A actores como George Clooney o Scarlett Johansson no les gusta la política antiterrorista del presidente. Pero aun así hacen campaña por él porque quieren evitar un triunfo republicano y perciben a Obama como un mal menor. «Sería irresponsable no hacer campaña por él», decía a la actriz neoyorquina hace unos meses, «Obama siempre dijo que no podía hacer milagros y lo ha tenido difícil por la oposición agresiva de la extrema derecha».

El entorno de Obama es consciente del respaldo de Hollywood e intenta canalizarlo para engordar sus arcas y mejorar su perfil mediático. A principios de mayo, recaudó unos 12 millones de euros con una cena en la mansión californiana de George Clooney y mañana se propone lograr una cifra similar en un evento que se celebrará en el domicilio neoyorquino de la actriz Sarah Jessica Parker.

La mayoría de los invitados abonarán miles de dólares por cubierto. Pero, al igual que en la cena de Clooney, dos serán elegidos al azar en una rifa en la que podía participar cualquiera que hiciera una donación de tan sólo tres dólares.

La anfitriona del evento será la protagonista de Sexo en Nueva York. Pero a su lado estará también Anna Wintour: legendaria directora de la revista Vogue y quizá la mujer con más poder en el mundo de la pasarela. No es la primera vez que Wintour colabora en la reelección de Obama, porque en febrero organizó un desfile en Nueva York que incluyó la presentación de una línea de complementos inspirados en Obama y concebidos por diseñadores como Alexander Wang o Marc Jacobs. Pero sí es la primera vez que hace explícito su respaldo en un vídeo electoral a favor del presidente. «Tenemos reservados para ti los dos mejores asientos en la casa», explica Wintour antes de concluir con un guiño al espectador: «Por favor, únete a nosotros. Sólo te pido que no llegues tarde».

Sarah Jessica tiene su propio vídeo. Una pieza audiovisual en la que describe a Obama como el hombre que creó cuatro millones de empleos, puso fin a la intervención en Irak y se declaró a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. Las tres afirmaciones las ponen en duda algunos líderes conservadores, que han intentado presentar a Obama como un líder sin sustancia obsesionado con la celebridad. «Esto no tiene nada que ver con la gente corriente y no es propio de un presidente», decía recientemente el incendiario locutor Rush Limbaugh, «es la prueba de que el presidente está fuera de la realidad. ¡No es Barack Obama! ¡Es Barack Kardashian!».

La lista de famosos que apoyan al republicano Romney es más breve y con menos glamour. Por ahora están con él el cantante Kid Rock, el actor Chuck Norris y el empresario televisivo Donald Trump. Una nómina raquítica si la comparamos con todos los hombres del presidente. Entre ellos Robert De Niro, Oprah Winfrey, Lady Gaga, Beyoncé, Alec Baldwin o Al Pacino.

Actos como el de mañana permiten al entorno de Obama recaudar fondos. Pero también engordar su base de datos y reunir detalles muy valiosos sobre sus simpatizantes. El peligro es desdibujar el carácter político del presidente, al que el entorno de John McCain ya comparó en 2008 con Paris Hilton. Al fin y al cabo, las elecciones no se ganan en Beverly Hills o en el Village neoyorquino sino en los estados deprimidos del Medio Oeste. Y allí cuenta menos George Clooney que la cola del paro.


Gabriella Wright y su belleza exótica

Aunque sus facciones son exóticas y peculiares, su rostro resulta familiar. Cuando Gabriella Wright nos recibe en las oficinas que Kenzo tiene en la Place des Victoires de París, creemos ver a una joven Sofia Loren de prominentes pómulos y mirada altiva y cautivadora. O a la fotógrafa italiana Tina Modotti, retratada por su colega Diego Rivera (una de las figuras que han inspirado al fecundo Antonio Marras, diseñador de Kenzo, para su colección otoño-invierno 2011/2012). Incluso podría ser una afamada actriz bollywoodiense (ha hecho sus pinitos en la citada industria con la cinta One Dollar Curry, de Vijay Singh).

«Soy inglesa, pero tengo raíces portuguesas y mauricianas», aclara al comienzo de la entrevista. Tal vez sea esa mixtura cultural lo que ha impulsado a Kenzo a convertirla en la musa de su nueva fragancia, L’Eau de Kenzo Amour, una versión más ligera de Kenzo Amour, compuesta a base de peonía, ylang-ylang o vainilla. Otro de los detonantes, o tal vez requisitos, es que Gabriella goza por ahora de un talento interpretativo ignoto para el gran público. Y es que la marca parece reacia a fichar a actrices o modelos consumadas. Aunque sí ejerza de trampolín al estrellato, como en el caso de la ucraniana Olga Kurylenko, erigida en chica Bond tras ser imagen de la firma.

«La fama no es tan importante para mí. Si llega como consecuencia de lo que soy, genial. Lo que me interesa es que, gracias a Kenzo, estoy conociendo lugares nuevos.» Se refiere a la isla de Gorée, en Senegal, el paradisíaco enclave donde Patrick Guedj, director artístico de Kenzo Perfumes, ha grabado un corto intimista filmado en Super 8. «El vídeo se basa en un hombre que, cámara en mano, sigue a una mujer de seductora mirada», cuenta el director. Tan sólo media hora -el tiempo estipulado para la entrevista- bastó para comprobar los encantos de los que habla Guedj.

¿Cuál es su historia con Kenzo?
La conocí en las tiendas de los aeropuertos. Viajo mucho, así que tengo la sensación de que ha estado siempre en mi vida. Me encanta Kenzo Amour Indian Holi. Cuando me propusieron ser su imagen, llevaba este perfume. Fue algo idílico.

Los perfumes son recuerdos, ¿cuál es su aroma más preciado?
Tal vez suene extraño, pero el olor a rosa y sándalo me recuerda a una mujer india conocida como Hugging Saint [Santa que abraza]. Su nombre real es Mata Amritanandamayi, y es una mujer rica que viaja y acoge a la gente en sus brazos. Construye colegios, edificios… Es una inspiración para mí. La rosa también es un aroma que atesoro con cariño, porque me trae a la memoria a mi bisabuela.

El mundo del arte ha estado siempre presente en su vida -su padre, Paul David Wright, era escultor-, pero ¿cuándo supo que sería actriz?
Desde pequeña tenía la costumbre de escribir una obra para Navidad, cuando nos juntábamos todos, y enseñársela a mi familia. Un día, le dije a mi madre que quería ser directora, y ella me aconsejó que la mejor forma de aprender a dirigir era conocer el oficio de actor. Me convenció y comencé a estudiar interpretación.

Además de escribir y actuar, canta. ¿Le gustan todos los ‘palos’ por igual?
Para mí, escribir y actuar van de la mano. Cuando me preparo un personaje, escribo sobre él: imagino cuáles serían sus sueños, quién es realmente… La escritura me parece esencial. Lo mismo que cantar, algo que he hecho desde que tenía 17 años, incluso tuve mi propia banda [SAO-K, un grupo de trip hop]. Fue una época muy divertida, hice un par de acompañamientos, incursiones, como con U2 puede escucharse la versión de Where the streets have no name cantada por ella]. Ahora que me estoy haciendo conocida, tengo más oportunidades y mayor libertad para expresarme como artista.

¿Se considera una actriz atípica?
Sí, supongo que soy diferente. Aunque creo que en el fondo el resto quiere ser como yo; es decir, libre. Porque me siento así, Kenzo no me ata, tan sólo es un acompañante. No es que deba hacer este trabajo, sino que lo he elegido. Como tampoco me siento obligada a ejercer de actriz ni de cantante. Me divierte hacerlo. Me siento como una niña pequeña a la que le regalan una muñeca o un vestido nuevos.

¿Le preocupa su aspecto físico? ¿En qué medida?
Lo cierto es que no me ocupo demasiado de mi apariencia. Me levanto por la mañana, me lavo la cara con agua -preferiblemente, agua de rosa-, y me aplico una crema ligera. No creo que llegue a estar ni cinco minutos frente al espejo. Por mi trabajo tengo que ir siempre muy maquillada, así que en mi vida personal tan sólo uso un poco de máscara y colorete. Tengo suerte de no necesitar mucho más.

Kenzo siempre ha apostado por rostros desconocidos para protagonizar sus campañas, ¿por qué cree que la han elegido a usted?
Tal vez porque no encajo en ningún molde. Podría encarnar a una mujer española, india o sudamericana… Creo que me eligieron por esto y porque me encanta viajar. La marca y yo compartimos ese carácter viajero, efímero. De cada sitio que visito aprendo algo nuevo. Por ejemplo, para esta campaña he tenido que viajar a África [a la isla de Gorée, en Senegal]. Hemos intentado captar la esencia de ese continente y ofrecérsela al mundo. Diría que Kenzo y yo siempre hemos ido en el mismo tren, con distintas maletas, pero en el mismo tren.

Sin embargo, para la actriz Olga Kurylenko esta campaña supuso el despegue de su carrera. ¿Cree que a usted también le encumbrará a la fama? Sí, porque Kenzo es una marca internacional y con mucha proyección. Es como si me dijeran: «Te vamos a mostrar al mundo». Pero para mí la fama no es tan importante. Si llega como consecuencia de lo que soy, pues genial. Por ahora, lo que me interesa es que gracias a Kenzo estoy conociendo lugares increíbles. También me encanta España. Me gustaría mudarme allí, me encanta el sol, Tenerife, Madrid, Sevilla… Y si pudiese trabajar con Bigas Luna, ¡todo sería perfecto!

¿Qué proyectos profesionales tiene?
Acabo de terminar el rodaje en Tailandia de un piloto de una serie de televisión, Nomads, dirigido por Ridley Scott. Es curioso, porque cuando hice el casting Ridley me dijo: «¡Oh, Dios mío, eres una auténtica nómada!». Y pensé: ¡No sabes hasta qué punto! También he hecho otro piloto en Canadá, Jack of Diamonds, sobre alguien que roba dinero a los ricos para dárselo a los pobres.

La nueva versión del perfume de la casa ha sido orquestada por el nariz Olivier Cresp. Una melodía en la que priman las notas florales (la peonía y el ylang-ylang), con un toque de vainilla. El frasco es obra del diseñador Karim Rashid. A la dcha.: L’Eau de Kenzo Amour (61,06 €), de Kenzo.

La actriz Gabriella Wright se convirtió en musa de Kenzo en la efeméride del 40 aniversario de la marca. «Mi padre [el escultor Paul David Wright] siempre ha llevado chaquetas de Kenzo, que son muy artísticas.» Y añadió: «Me gusta la moda, pero la creativa. La única cosa que no soporto son los zapatos incómodos. Por favor, ¡encuéntrame unas zapatillas de estar en casa! [exclama señalando sus altísimos stilettos]».


París Hilton la rubia que gasta tangas

Telma, la bella Telma, la joven y pasajera Telma Ortiz Rocasolano, va a ser madre. Telma viene a ser la hermana extranjera de Letizia Ortiz, porque anda empleada en viajes de arte de lejanías de cooperación o solidaridad y sólo viene por aquí a emboscarse en la familia o a ponerse un pamelón de boda, que le queda finísimo, porque es muy esbeltecida de línea y muy pura de rostro.

La noticia de este embarazo es la primera gran noticia del mundo del corazón del año, y toma el relevo por otra punta de la separación de los duques de Lugo, que mueve como a la pena, aunque tampoco debiera. Ya vamos viendo que en la órbita de la Casa Real asoman bebés por el Día de Reyes y también separaciones por lo civilizado en vísperas de Nochebuena, como en cada vecindario. Como en cada familia. Las cotillas de oficio no han conseguido meter a Telma entre sus naipes de tertulia o chisme, porque Telma es criatura de otros mundos y no va a la calle Ortega y Gasset a comprarse visonazos.

Creció, algún día, el rumor alocado de que tenía algo más que amistad con Alberto de Mónaco, pero aquello tenía más ruido de cháchara falsa que nueces de veracidad, porque entre uno y la otra sólo había una pamela, aquella pamela suntual y puntual que Telma se puso para la boda de su hermana. Ahora sí reaparece Telma como codiciada y cotizada mujer de portada. El padre se llama Enrique, es de Toledo, y trabaja con Telma en Filipinas. Tras el jaleo, volverá a su sitio, que es el discreto y venial retrato en los crucigramas.

Como andamos más bien hasta el moño (que no gastamos) de todo un año de Pantoja o Carmen Cervera, conviene abrir enero bajo el trato del mujerío extranjero, al que sólo atendemos cuando los Oscar o cuando meten a alguna en la cárcel. Es lo de «año nuevo, vida nueva», pero en cuatro párrafos. La verdad es que si miras al extranjero, sección famosas de oficio, siempre te sale Paris Hilton, que es una chica que cuelga las bragas cada semana en las ventanas principales de la juerga de las revistas nacionales o internacionales. Parece un tema extranjero Paris Hilton, pero les juro que en las peluquerías de Lavapiés tiene mucha carrera de musa. A veces sale hecha una braga, de arriba abajo, porque trasnocha con vocación, y otras sale enseñando al descuido una punta de la barroca braga propiamente dicha, esa alta clase de braga de orfebrería lencera que sólo se encuentra en las lavanderías de los hoteles cinco estrellas y en las películas porno. La chica es que es, en rigor, un cruce de hotel cinco estrellas y peli porno.

El mujerío extranjero se divide en Angelina Jolie, que es una mamá de viaje, y Paris Hilton, que es un tanga que entra y sale de las limusinas que paga papá. De Paris Hilton sabemos, sobre todo, que es rubia y gasta surtido fino de tangas. Y no sé si por este orden.

De Paris Hilton no sabemos nunca si usa DNI, cuando sale de fiesta, pero sí que usa tanga de minucia, que es el DNI de las loquitas que cada noche viven «la fiebre del sábado a la noche». Ahora rivaliza mucho en tangas con Britney Spears, y a veces Britney le gana, porque a menudo se deja el tanga en casa o en un taxi. A Paris Hilton la conoce todo el mundo, sólo que nadie en el mundo acierta a saber en qué oficios o faenas se desempeña la chati, mayormente porque es una chati que sólo se desempeña en darle vicio al frasco y en pasar algunas veladas entre rejas.

Si preguntas en medio mundo, te dicen que Paris no trabaja en nada. Si preguntas en el otro medio mundo, te dicen que no para, pero que no para de salir de marcha. La gente es que está muy enterada. Paris es hija de millonario y está siempre de marcha, sí, como los de Gran Hermano, sólo que Paris no necesita de concursos para ser famosa y es una ordinaria que bebe champán. Ya digo que si uno piensa en Paris siempre le sale un tanga por en medio, y no porque seamos unos salidos profesionales, que un poco también, sino porque en ella siempre hay un tanga de por medio, que asoma lujuriantemente al salir o entrar de los taxis o las discotecas.

Con Paris pasa como con tantas chicas del ahora mismo: que sólo se visten para meterse en la cama. Esta tía se nos va a caer un día del tanga y se va a abrir la crisma de cabecita loca que tiene. Imagino que en Nochevieja habrá cumplido tanga rojo, pero a lo mejor no, porque esta chica es de llevarse mucho la contraria. Uno creyó durante épocas que Chabeli Iglesias era el mejor ejemplar insuperable de la nada químicamente pura, pero he aquí que Paris la supera, porque Paris ni se casa ni se descasa (para eso ya están sus «ex») y dice tantas bobadas de pija de médula que parece que no existe. Si la inventan, no sale tan bien calculada. Paris es algo así como Victoria Adams sólo que con mejor culo y sin David Beckham. Victoria y ella son la ruina del pijerío internacional, porque gastan pastizara en las boutiques millonarias, pero son carne de cháchara de peluquería.

En Mallorca, donde coincidí con ella, se alquiló un Hammer, y el personal iba a verla por comprobar a qué cumbres de disparate puede llegar la fauna humana. Es hija de papá y de mamá, que es como ser insoportable dos veces, y le parece que madrugar es un desliz de obreros. No ha dado palo al agua, y eso se nota en que insiste en ser cantante y en el mucho tiempo que invierte en vestirse para salir en bolas. No está ni buena ni tampoco mala, aunque un revolcón o dos sí que tiene, pero va de calentorra de cóctel, entre la musa de bombones y la groupie de sí misma.

No es que en España daría mucho juego, sino que lo dá, porque es como una convidada vip a la grada de Cibeles que no se sacara nunca el chicle de la tontuna de la boca o bien como rubia de bote que enseña a todas horas el apellido ilustrísimo, como la braga escueta. No aparece nunca en las listas socorridas de elegantes de consenso de navidades, como acabamos de ver, pero estaría siempre en lo alto del escalafón de las ociosas planetarias. En estas cosas emparenta con Francisco Rivera, Paquirrín, y perdón por meter aquí a un chavea de botellón. Paris Hilton, en fin, es el ejemplo sobresaliente y con mechas de lo mal repartidas que andan las neuronas por el mundo.

Penélope Cruz se ha hecho medio lesbi para promocionar a su hermano, Eduardo, que es un cantante doblado de actor, o al contrario. Quiero decir que Penélope se besa con otra chica en el vídeo clip promocional de Eduardo, y de la música del chaval no se habla mucho, pero sí de Penélope metida en jarana lésbica. El beso con otra chica es un gesto venial que hacen muchas adolescentes para pasarse el Marlboro, o el chicle. En la calle se dice «darse un pico», o «piquito», y el pico o piquito no es nada. «¿Quién, en el beso, acaba el beso?». Lo escribió un poeta. Y ésa es la cuestión. Hay que acabar el beso, y un beso de vídeo clip ni empieza ni se acaba, porque se rueda muchas veces y puede ser muchas cosas, menos un beso sincero y sentido. Como beso de promoción, un acierto. Como beso lésbico, una bobada.


El castillo de la reina de Hadas

Salí de Pisa un lunes de abril de 1591. Estaba triste, enojado, casi había llegado a odiar las Matemáticas, que hasta entonces habían constituido mi ocupación. Necesitaba nuevos aires, especialmente después de las burlas y desprecios que hiceran de mí los colegas, y algunos de mis propios alumnos, cuando intenté demostrar los errores de las teorías aristotélicas acerca del peso de los cuerpos y su velocidad de caída, desde el remate de la torre pisana; o tratara de avanzar las leyes del péndulo, incitándolos a observar las oscilaciones de la lámpara que colgaba de la bóveda de la catedral. Prepotentes o ignorantes.

Me acompañaban un fiel criado, Nicola Tolomei, a cargo de nuestras tres mulas y los bagajes, y un fraile jesuita, viejo amigo, caballero de jumento, que con los años llegaría al purpurado vaticano: Roberto Belarmino. Nuestro destino, Compostela, en el Finis Terrae de Europa, en España, donde los antiguos celtas, adoradores de Lug, el dios lobo que se transformaba en cuervo, afirmaban que se hallaba el castillo de la Reina de las Hadas; y los vikingos suponían que debía encontrarse el Walhalla, el destino de las almas de los muertos, peregrinos póstumos que lo habrían alcanzado siguiendo caminos en el firmamento de la noche: la Vía Láctea. El mismo itinerario, la misma guía que nosotros nos planteábamos seguir y recorrer para entrar en el Océano de los Muertos y regresar a la vida. Compostela, para algunos el Campus Stellae, el Campo de las Estrellas; para otros el compositum, el cementerio. El lugar al que Martin Luther, el teólogo de Eisleben, había desaconsejado viajar a sus seguidores: «…no se sabe si lo que allí yace es un perro muerto o un caballo muerto».

Por cierto, mi nombre es Galileo Galilei. Soy pisano. Y poco más habrá de saberse de mí. Rencores, sinsabores y represalias no son para exhibir sin recato. Supe de la Vía Láctea durante mis estudios primeros con los monjes de Vallombroso. Allá, Fra Ubertino de Cesena, con un punto extraño, malsano y enfermizo de lujuria, nos hablaba de los amores mitológicos de los dioses griegos: «Fuese que el gran Zeus le era habitualmente infiel a Hera. Entre otras mujeres, con la humana Alcmena, con quien tuvo, tras diez meses de embarazo, un hijo que llamaron Heracles. Una noche, Hermes, el mensajero de Zeus, por orden de éste, lo colocó en el regazo de Hera, mientras ésta dormía, para que mamara la leche divina y deviniera en inmortal. Pero la diosa despertó, enojada y celosa, y separó al niño de su seno, derramándose así la leche en brillantes constelaciones por los cielos, para toda la eternidad». La Vía Láctea, pues, que pintará, tal y como lo describo, muchos años después de mi muerte, Peter Paul Rubens.

Ahorraré, por no enojar con los avatares del viaje, encuentros amigables con peregrinos de cualquier confín; amedrentados con salteadores de caminos sin esperanza de redención; lastimeros de enfermos desahuciados que nunca llegarían a abrazar imágenes; rameras tristes que pecaban con quienes perseguían la vida eterna… Tan sólo les aseguro que seguimos fielmente los designios del firmamento, y aprendí a distinguir (más tarde, en 1610, dejaré noticia de ello en El mensajero de los astros) que en realidad la Vía Láctea estaba compuesta por estrellas, como adelantara -cuatro siglos antes de Cristo-, entre desconfianzas que yo comprendía por propia experiencia, el viejo Demócrito.

Nos guiamos por los brazos espirales de la Vía: Scutum-Centaurus y Perseus, Sagitarius y Scuadra; por la cintura de Orion, que da cobijo a nuestro sistema solar; Ophiuchus y Scorpius, donde el Camino de la Leche parece infinitamente más brillante. Nuestro viaje celeste desembocaría en el Can Maior, patria de Sirius, la estrella más luminosa y excelsa del Universo, con su luz verdosa o rojiza, según su ánimo, que atraía la atención de ingenuas gentes y esforzados peregrinos. Entonces no sabía que, en realidad, la Vía Láctea, dependiendo de días y horas, podía alargarse, engañosa, en cualquier dirección.

Tras muchas jornadas francesas, que prefiero olvidar, un aldeano nos ayudó a pasar los Pirineos desde Saint Jean de Pied de Port, camino de Roncesvalles. Casiopea y Cepheus brillaron al comenzar la noche. Siguiendo a Cygnus llegamos a la Pampelune carolingia. La Scutum Cruxen nos acompañó por Logroño y Nájera. Más tarde San Juan de Ortega, Burgos y Frómista brillaron extrañamente, iluminados por Eta-Carinae. Alpha Centauri, por su parte, guiaba peregrinos como nosotros por Astorga, Ponferrada y Villafranca, Bierzo unánime. Norma, primero, y después Aquila, nos llevaron de O Cebreiro a Sarria, de Portomarín a Arzúa y O Pedrouzo.

Al fin alcanzamos, con el Can Maior, Compostela. Desde las alturas del Monte del Gozo, Nicola y Fray Roberto descendieron felices hacia la ciudad brillante, para adorar al Señor Santiago en su Arca Marmárica, pero yo preferí sentarme sobre la hierba resbaladiza. Los despedí. No había rastro alguno del Walhalla y sus lúbricas doncellas y, a pesar de que aquellas torres doradas y magníficas que se perfilaban en el horizonte lo simularan, descubrí que tampoco había encontrado el castillo de la Reina de las Hadas.


Holanda es un buen destino para los españoles

Holanda resulta siempre un destino amable para un español –por mucho que haya, que lo hay, quien se empeñe aún en acordarse del Conde Duque de Olivares–, que enseguida conecta con estas gentes tan amigas como nosotros de pasar el mayor tiempo posible en la calle. Los holandeses, que inventaron la domesticidad allá por el siglo XVII, hacen gala de una extraordinaria pasión por la vida social y la cerveza, y allá donde haya un restaurante y suficiente acera, montarán una terraza. Algunas, con sofá y mantas, y por supuesto todas con estufas de las que te hacen sentir en el infierno incluso en lo más crudo del invierno.

En Den Bosch (también conocida como Bolduque y ‘s-Hertogenbosch, ojo a la hora de coger trenes), la cerveza que más se prodiga es la Bavaria, una Pilsener que se fabrica en el país desde 1719.

A una hora de tren hacia el norte desde la estación de tren aneja al aeropuerto de Schiphol, la ciudad, de poco más de 143.000 habitantes, nunca ha estado en el mapa del turismo masivo, hasta este año. Y lo está porque hace 500 años murió allí su hasta hoy ciudadano más ilustre, Jeroen van Aeken, después Hieronymus Bosch, más conocido en España por el apodo de El Bosco, uno de los pintores más geniales de la historia.

Dice el alcalde de Den Bosch, Ton Rombouts, que en nuestro país pensamos que El Bosco es español. No sé hasta qué punto acierta o se equivoca este buen hombre, pero lo que está claro es que le hicimos muchísimo más caso que todos los habitantes de su pueblo natal, donde hubiese pasado más bien inadvertido en vida si no llega a ser porque dio un braguetazo y gracias a ello pudo hacerse miembro de la Hermandad de Nuestra Señora. Son los registros de esta agrupación los que nos permiten ponerle alguna fecha a su vida. Después de su muerte (1516), a Felipe II le dio por comprar obras del artista y lo puso en el mercado, que diríamos hoy.

El caso es que, pese a no tener ni una sola obra de El Bosco, Den Bosch emprendió la titánica tarea de montar la exposición más importante del artista hasta la fecha (algo que le discutirá El Prado, que va a hacer lo propio a partir del 31 de mayo). Y para convertir la visita a la ciudad en algo más que una excursión de un solo día desde Ámsterdam, ha montado una Bosch Experience que incluye distintas actividades y espectáculos.

Uno de ellos se ha venido abajo, literalmente, a tan solo dos días de su estreno. En la plaza central de la ciudad, el Markt, se derrumbaron en un abrir y cerrar de ojos dos casas junto a la que el pintor usaba como estudio. En esas fachadas iba a tener lugar un espectáculo de luz con técnica de mapping que ahora no puede hacerse.

En cualquier caso: si apetece visitar Holanda, la exposición es una buena excusa para hacerlo antes del 8 de mayo. Eso sí: reserva las entradas en la web del museo, ya que si esperas a comprarlas allí, igual te quedas fuera.

Hay más razones que El Bosco para dejarse caer por esta plácida y amable ciudad. La primera, que es encantadora. Su centro apenas ha cambiado en siglos, con sus casas de estrechas fachadas, dos plantas y desván recortando el cielo. Un centro animadísimo comprendido entre canales (en uno de ellos, el Binnendieze, se realiza la experiencia Heaven And Hell Cruise, de hora y media de duración, con proyecciones en las paredes de los túneles que atraviesa) sirve de escenario a un florido entramado de tiendas y restaurantes que se extiende entre Kruisstraat (con su apoteosis de terrazas) y la catedral. Nos gusta Christoffel, una brasserie ideal para cenar en su ambiente cálido, de luz tenue, música suave y madera (Korenbrugstraat 11).

Pero la cercana Lepelstraat está llena de restaurantes y cafés donde elegir. En otra zona de la ciudad, frente a la catedral, la calle Korte Putstraat también concentra una gran actividad gastronómica. Otra buena opción, más original: Fabuleux (Verwerstraat, 23), uno de los mejor valorados de la ciudad. O Dit (Snellestraat 24-26), toda una institución.

¿Y lo típico? La gastronomía propia no es el fuerte de Holanda. Pero si te empeñas, la encuentras. Den Bosch en concreto se enorgullece de sus bossche bol, también llamadas chocoladebol, impresionantes bolas de chocolate rellenas de crema. El sitio clásico donde comprarlas es la pastelería Jan de Groot (Stationsweg, 24), muy cerca de la estación.

Para bajar la bola, nada mejor que poner en práctica una de las actividades que solo podrán realizarse mientras duren las celebraciones del quinto centenario: subir hasta el tejado de la catedral y disfrutar de la experiencia de ver desde muy cerca los miles de detalles de la estatuaria que coronan los arbotantes de la catedral gótica de San Juan (que, por cierto, se puede visitar sin tener que pagar por ello, igualito que sucede en la mayoría de catedrales españolas).

Se empezó a construir en 1220 y se terminó en 1530, en ladrillo rojo y (poca) piedra. La subida al tejado, que se realiza por una escalera situada en la fachada norte, tras una lona que evita el vértigo, es una experiencia. Arriba, y desde una plataforma de madera, se admira el horizonte y la propia catedral desde una perspectiva insólita. Durante la reciente restauración de las esculturas, se esculpió una nueva, un ángel que, en pie sobre el vértice de un tejadillo, viste jeans y habla por teléfono móvil.

De la espaciosa plaza del mercado salen, o a ella llegan, las principales calles comerciales de la ciudad, Pensmarkt por un lado, Hinthamerstraat por el otro. En el lugar, una talla de una Virgen enjaulada sobre una columna nos recuerda lo arraigado que ha estado históricamente el catolicismo en la ciudad. Las guerras de religión de los siglos XVI y XVII la convirtieron en protestante a la fuerza, pero la libertad de culto impuesta (manda narices) en 1794 por los invasores franceses devolvió las cosas a su sitio y a cada uno a su culto preferido. También en el Markt se encuentra De Moriann, el primer edificio de ladrillo construido en la ciudad, en el siglo XIII, hoy oficina de Turismo.

Desde la plaza, lo ideal es subir Hinthamerstraat arriba, cuajada de tiendas de moda, complementos, cafeterías… En una sucursal de la marca Koetshuysch Kaaswinkle se pueden encontrar muchas de las especialidades de quesos holandeses. Aquí manda el Gouda, oro puro. Tanto, que el pasado año, unos ladrones robaron en la cercana localidad de Hellouw, 200 de los famosos discos de queso amarillo valorados en 26.500 euros. En una sola noche. Hay que tener hambre.

En cuanto a la gran muestra dedicada a El Bosco, Visions of Genius, que se celebra en el Het Noordbrabants Museum, incluye 20 pinturas y 19 dibujos prestados por pinacotecas y coleccionistas de todo el mundo. La gran joya de la exposición, El carro de heno, la ha prestado El Prado. Recomendable audioguía (porque no hay carteles explicativos, ¿?). La tienda del museo ofrece un buen surtido de gadgets, así que nadie se quedará sin su imán de nevera Bosch style.

Por último, no hay que dejar de pasar por la fuente de los dragones, en Stationsweg, digna de una película de Harry Potter. Antaño, el hecho de que la ciudad se hubiera levantado sobre tierras pantanosas a causa de los ríos Aa y Dommel, convirtieron Den Bosch en una plaza inexpugnable en tiempos de guerra. Así que durante siglos se conoció a la localidad con el sobrenombre de el dragón de los pantanos. La estatua del monstruo dorado que enrosca su cola en la columna que lo sostiene demuestra, una vez más, que aquí, otra cosa tal vez, pero los mitos no faltan.

Entre la catedral y Kruisstraat se extiende un florido entramado de tiendas y restaurantes.
Se esculpió una nueva estatua en la catedral, un ángel en ‘jeans’ que habla porteléfono móvil.


Kirsten Dunst la actriz con cara de bruja

Hemos quedado en el Lamill Coffee, un bar restaurante sin muchas pretensiones, donde hay tés y cafés orgánicos y se admiten perros. El local está en Silver Lake Boulevard, una calle ruidosa y con mucho tráfico al este de Hollywood, lejos de Beverly Hills y de los hoteles de moda. Kirsten Dunst llega puntual y, lo más sorprendente, a pie. Vaqueros, camiseta gris, ni un gramo de maquillaje, solo un poco de máscara de pestañas en los ojazos azules. Se sienta, pide un té ligero y se disculpa: «Alessandra, ya sé que este lugar está lejos de todo, pero mira, yo vivo con mi novio ahí mismo».

Nunca le he hecho una entrevista convencional a Kirsten, quizá porque la conozco desde que era una chiquilla y acudía a las citas con su madre. Siempre acabamos charlando, pasando de unos temas a otros, interrumpiéndonos mutuamente.

Y a veces, olvido que estoy hablando con una de las actrices más brillantes de su generación (entre sus películas se cuentan Mujercitas, Las vírgenes suicidas y Melancolía), una profesional con una amplia trayectoria (empezó a hacer publicidad cuando solo tenía tres años y a los 12 ya demostró un talento extraordinario en la película Entrevista con el vampiro), capaz de pasar con total naturalidad de pequeños filmes independientes a superproducciones de los míticos estudios. «Hollywood no me propone grandes papeles con frecuencia», confiesa. Y lo cierto es que después de Spiderman 3 desapareció, pero volvió a entrar en escena más tarde, para ponerse en la piel y el alma del inolvidable personaje de Justine, la esposa deprimida de Melancolía, de Lars Von Trier.

Sin embargo, ahora no hay ni rastro de melancolía en los ojos de Dunst. Tiene 30 años, es feliz, está enamorada y satisfecha con su trabajo. Acaba de rodar una película independiente en Turquía y está a punto de estrenar Un amor entre dos mundos, de Juan Diego Solanas, una historia de amor imposible en la que ella y Jim Sturgess, habitantes de dos mundos especulares (como reflejados en un espejo) e incomunicables (con fuerzas de la gravedad opuestas, por lo cual los amantes se ven obligados a besarse boca abajo) se rebelan contra las normas establecidas, lo que hace que la Policía los persiga sin tregua.

Drama sentimental en un escenario de ciencia ficción. Eso no es nada para usted, que siempre se ha movido entre la tragedia y la comedia. ¿Se esfuerza o le sale de forma natural?

Soy así desde que nací (se ríe). Mi padre es alemán y siempre tiene un resquicio de melancolía subterránea. Mi madre es lo opuesto, alegre y afectuosa. Creo que yo soy el resultado de esa combinación, es mi personalidad.

¿Cuándo se dio cuenta de que podía utilizar su bagaje emotivo para actuar?

Siempre he trabajado muy en serio, desde que era niña. Cuando rodé Entrevista con el vampiro tenía 12 años. Recuerdo que se presentaron al casting muchas niñas de mi edad pero, no sé cómo ni por qué, yo me sentía mayor de lo que era, algo así como un alma vieja que ya ha vivido mucho, un poco como Dakota Fanning.

Profesionalmente, se encuentra en una situación envidiable: todo el mundo la admira y tiene mucho donde elegir.

No es cierto, hay pocos papeles interesantes y, además, a mí me gusta trabajar con gente a la que respeto. En Hollywood también se hace mucha basura.

¿Qué debe tener un personaje para que la apasione?

Que interpretar ese papel suponga trabajar con gente creativa y estimulante. Son momentos de profunda felicidad. Por ejemplo, me apasiona rodar con un director como Lars Von Trier.

¿No se sintió deprimida al terminar la película?

No, en absoluto. Pero comprendía perfectamente la depresión (en Melancolía se reflejan varios aspectos de esta enfermedad, una dolencia que sufría el director cuando ideó este filme). De hecho, fui tan feliz en aquel plató… (se ríe). No me gusta dejarme llevar por la negatividad, eso me hace sentir vacía.

Lleva más de 25 años trabajando. ¿No tiene la impresión de haber vivido ya demasiado, muchas vidas distintas y poco normales?

No, para nada. Al contrario, pienso que aún me quedan muchas cosas por hacer.

¿Como por ejemplo?

Aún no he tenido hijos ni he formado una familia.

¿Qué más despierta sus emociones?

Mis pasiones cambian de foco continuamente: a veces se concentran en la familia, en ocasiones en el trabajo, en la amistad… El año pasado tuve que cuidar de mi madre cuando le diagnosticaron un tumor. Ahora ya está recuperada. Pero ahora quiero encontrar una casa en Los Ángeles y trasladarme allí para estar cerca de mis seres queridos.

¿Dónde está su verdadero hogar?

En Nueva York. Pero desde hace tiempo vivo en casa de mi madre, en el Valle de San Fernando, con mi abuela, mi hermano y un primo. O aquí cerca, en el piso de mi novio.

¿Se refiere a Garrett Hedlund?

Sí. Usted le entrevistó a propósito de la película En el camino. ¿Lo recuerda? Ahora aparece en el nuevo filme de los hermanos Coen (sonríe llena de orgullo).

¿Y quiere formar una familia con él?

Sí, tengo muchas ganas de tener hijos. Pero antes quiero casarme y hacerlo todo como es debido. Soy de la vieja escuela y me gusta respetar las tradiciones.

¿No le asusta la responsabilidad de criar a un hijo?

No, solo me da miedo el parto.

¿Y cómo puede estar tan segura de que Garrett es la persona ideal para usted?

Porque con él me siento en casa, cuando lo veo me encuentro bien. Además, deseo casarme con un hombre que lo sea de verdad.

¿No le preocupa casarse con un actor? Suelen ser relaciones difíciles…

Le doy la razón. Pero él es como yo, no tiene nada del actor típico. Y fíjese bien: Jeff Bridges y su mujer están juntos desde hace siglos. Y Brad y Angelina se quieren muchísimo.

¿Se casará en Los Ángeles?

Sí, porque todas las personas que aprecio están aquí. Y mi abuela ya no quiere volar.

¿La veremos enfundada en un vestido blanco?

Claro, y con un velo muy largo. Será una boda elegante y tradicional…, pero nos divertiremos un montón (se ríe).

“Tengo muchas ganas de tener hijos. Pero antes quiero casarme y hacerlo todo como es debido. Soy de la vieja escuela y me gusta respetar las tradiciones”.

“El año pasado tuve que cuidar de mi madre, le diagnosticaron un tumor. Ahora está recuperada. Pero me gustaría trasladarme a Los Ángeles para estar junto a mis seres queridos”.


Cuando Schwarzenegger le pagó a su amante para que no hablara

El silencio tiene un precio. Concretamente 20.000 dólares. Esta es la cantidad supuestamente pagada a Gigi Goyette para que no revelara a nadie más su aparente relación adúltera con Schwarzenegger, ahora gobernador de California y casado con Maria Schriver.

Así, los secretos más íntimos de este supuesto affaire entre Goyette -una actriz esporádica y madre soltera de 46 años que reside en Malibú- y el musculoso político iban a alimentar las hambrientas páginas del tabloide National Enquirer. Se trata de uno de los diarios sensacionalistas con más tradición en el país y cuya empresa madre -American Media- estaba detrás de la compensación económica.

El acuerdo, legalmente establecido como un «contrato de confidencialidad» entre dicha empresa y Goyette, se firmó dos días después del anuncio de Schwarzenegger de presentarse a las elecciones. Por fechas y con las declaraciones de la mujer garantizadas, el escándalo estaba servido. Pero pasaron los meses y la historia nunca se publicó.

¿Por qué? Pues, aparentemente, porque dos meses antes de presentarse a las elecciones, Schwarzenegger estaba en negociaciones con American Media -que también publica las revistas de culturismo Flex and Muscle y Fitness- para convertirse en editor ejecutivo de ambas. Un acuerdo que se selló en noviembre de 2003 -dos días antes de que jurara su cargo en Sacramento- y que pagaba al ex actor entre cinco y ocho millones de dólares durante los próximos cinco años.

«sin conexion». Sin embargo, Ros Stutzman, director de comunicaciones del gobernador, ha dicho esta semana a Los Angeles Times que «no existe ninguna conexión» entre los negocios de Schwarzenegger y la compra de la exclusiva por parte de la misma empresa American Media.

Una excusa válida que no concuerda con lo que el biógrafo de Schwarzenegger, Laurence Learner, afirmó en su libro Fantastic: The Life of Arnold Schwarzenegger, publicado hace un par de meses.Según Learner, Schwarzenegger era consciente de que los tabloides no se meterían con él si establecía una relación comercial con ellos. De todas formas, el gobernador no fue específico en confirmar si iba a forjar dichas relaciones. Pero los hechos parecen indicar que sí.

Durante la campaña, American Media publicó una revista de 120 páginas celebrando los hitos conseguidos por Schwarzenegger a lo largo de su carrera. Y aunque también mencionaron los rumores de infidelidad, lo hicieron de forma discreta y siempre citando fuentes británicas. Por si acaso, Schwarzenegger canceló el acuerdo con American Media hace un mes.


Brigitte Bardot la mujer más excitante del momento

Imaginad un coqueto hotelito parisino en el centro de Saint Germain, con un jardincillo atestado de paquetes de cigarrillos de la marca Gauloise, únicamente esta, derritiéndose bajo la lluvia hasta formar una masa pringosa con las botellas llenas de Pernod, sólo de Pernod, germinando encima como pequeños naranjos mecánicos.

Cada día, tras su muerte ocurrida en 1971, los fans han ido construyendo este mausoleo de cartón mojado y cristal amarillo. Seguid imaginando los muros llenos de pintadas, con mensajes de amor que ni siquiera Fulbert, el mayordomo de la casa, conseguía limpiar del todo en vida de su propietario. Pensad en una mansión, con pretensiones de cripta, en el lugar de unas antiguas caballerizas, y temblad. El atormentado Serge Gainsbourg levantó su hogar allí para vivir el amor con una de las mujeres más excitantes del momento, Brigitte Bardot.

Serge, en plena fama, ya rodeado por su propia leyenda, era un hombre enamorado de la oscuridad, un poco agorafóbico y que no podía resistirse a las escenografías macabras con mensaje; nunca me he fiado del gusto de las estrellas, nadie les para los pies y luego pasa lo que pasa, otro museo de cera más. Para sentirse a gusto, es un decir, pidió a la más cara decoradora del momento, Andrée Higgins, que le pintara la casa totalmente de negro, pusiera suelos de mármol igualmente negro y dispusiera, en este entorno clausurado para que no entrara la luz del sol, un piano Steinway, una chimenea y un ayuda de cámara vestido de negro llamado Mamadou. El espacio disponible estaba regado de sus cigarrillos favoritos sin emboquillar, sus botellas vacías, placas policiales, municiones, carátulas de discos y miles de fotos del compositor.

También había dibujos de Paul Klee y de Dalí y el manuscrito original de la Marsellesa, de Rouget de Lisle, eso sí que me da envidia; no me imagino a los hermanos Cano, por ejemplo, haciendo eso. Pero eran otros tiempos, otras lecturas y otras letras Bueno, pues la infancia de Charlotte, hija del autor de la provocativa Je t’aime, moi non plus y de la encantadora Jane Birkin, sí, la mujer para quien Hermès diseñó un bolso, transcurrió en la Casa Negra y eso planea en su mirada hondísima y en su eterna chupa de cuero negro. Grácil como mamá y terrible como su padre, pronto dio al mundo el fruto de su mutua admiración, un dueto llamado sin tapujos Lemon Incest, en 1983, con su consiguiente videoclip tórrido.

Los juegos con papá y la ensoñadora dulzura de Birkin crearon este producto único, inimitable y enigmático que es la actriz y cantautora Charlotte. Todo lo beat que una francesa de Londres puede llegar a ser lo es ella con un toque de erotismo blanco. Sólo con un vaquero y una camiseta, andrógina y decadente; medio ángel del infierno y medio Jane Eyre, la chica proyecta un museo de papá en la Rue de Verneuil 5 bis. Quien la haya escuchado cantar, la escuchará también en esta enternecedora demanda; no hay quien se le resista.


Modigliani pintaba como un niño de preescolar

La tienda del flamante Caixa Forum no es especialmente grande pero ocupa un espacio central en la primera planta. Cuidadosamente diseñada, está especializada en arte audiovisual y alberga más de 2.000 publicaciones de diseño gráfico, arquitectura, fotografía, música, cine y arte contemporáneo.

Además de libros y revistas encontramos una enorme oferta de objetos que abarca desde una vajilla de loza blanca de Seletti hasta juguetes. «Seleccionamos muy bien nuestra oferta. Buscamos originalidad y calidad y, dentro del apartado editorial, títulos muy especiales, rarezas como ediciones en facsímil de Arnold Shönberg o títulos de la editorial francesa Diane de Selliers, para coleccionistas», explican Alfons Cuenca y Manel Garrido, los encargados de la tienda.

Ambos confiesan sentirse un poco desbordados por el éxito que están teniendo desde la apertura del centro, hace poco más de una semana. Uno de los best-sellers de la tienda son los jardines verticales, unos tubos con plantas para colgar de la pared y que representan el jardín vertical de Caixa Forum.

En el Museo del Prado encontramos la nueva tienda inaugurada con la ampliación de Rafael Moneo. Un espacio diáfano y luminoso integrado dentro del museo que ofrece una gama de productos completamente renovada: todos los artículos son de diseño y fabricación propios, en series limitadas e inspirados en los cuadros de la colección. «Nuestra premisa es jugar con los motivos y las texturas, sin distorsionar las obras.

Queremos ofrecer productos de calidad respetando las proporciones de los cuadros originales», señala Mikel Garay, responsable de diseño. La gama más innovadora es la infantil: tres personajes de El Jardín de las Delicias del Bosco se han reinterpretado gráficamente para convertirlos en mascotas que adornan camisetas, tazas, vasos, bolsos y material escolar.

Pero las propuestas del Prado no se agotan aquí porque hay meninas de papel para recortar y colorear, tazas inglesas de porcelana, abanicos de madera… También es reseñable su selección bibliográfica que, en colaboración con la librería Antonio Machado, ofrece hasta 4.000 referencias.

En este capítulo, el de los libros, es donde destaca el Reina Sofía. Su librería La Central, ubicada en un anexo de tres plantas en el exterior del museo, ofrece 85.000 títulos de Arte y Humanidades. Con 11 años de experiencia en el sector librero de Barcelona, La Central desembarcó en Madrid con motivo de la ampliación del museo. Según Nuria Balfegó, su responsable, la librería lleva a cabo una importante tarea de divulgación y de difusión del libro de arte a través de presentaciones y tertulias con autores. Además, en la entrada del museo cuentan con otro espacio, La Tienda, donde se pueden encontrar objetos inspirados en las distintas exposiciones y otros artículos como móviles para el techo, juguetes de hojalata o floreros en forma de tanque.

El museo Thyssen-Bornemisza organiza, hasta el 18 de mayo, la exposición temporal Modigliani y su tiempo. Con este motivo, la tienda del museo ofrece varios artículos inspirados en los trazos del pintor italiano, como monederos, bolsos o ceniceros. «Cada temporada queremos presentar una colección inspirada en un cuadro o boceto y ofrecer toda una gama de productos con ese motivo», señala Ana Cela, responsable de la tienda.

Este es el caso de su última colección, Dama, inspirada en el Retrato de una Dama de Hans Baldung Grien, y que reúne desde una estilográfica hasta velas y tazas de café. En sus 300 metros cuadrados de tienda se encuentran desde los kimonos de seda inspirados en el expresionista Franz Marc (1.100 euros) hasta muñecos de Picasso, Dalí y Van Gogh (6,85 euros), pasando por un bordado de El Circo de August Macke (210,35 euros) y joyas de Claudia Tijman o Paloma Canivet. «Muchos de nuestros clientes vienen expresamente a la tienda, sin entrar al museo, en busca de regalos para un cumpleaños, por ejemplo», afirma Ana.